Tendencias latinoamericanas

Es un disparate comparar a Lula con Salvador Allende

Entrevista a Manuel Alcántara*

En los últimos años, diferentes crisis políticas se han extendido por los países sudamericanos; en la mitad de ellos, los gobiernos no pudieron terminar sus mandatos. La crisis de representación alcanza sus puntos más altos y todo esto interactúa con la descomposicion economica y financiera que alcanza a gran parte del continente. ¿Cuáles son las causas institucionales, y cuáles las consecuencias en esta nueva crisis?

Se trata de una pregunta compleja porque abarca situaciones muy diferentes y por ello la respuesta no es fácil. No obstante, si tomamos en consideración los últimos cinco años no son tantos los gobiernos que se han visto impedidos para continuar su tarea. Se trata de Ecuador (dos veces), Paraguay y Argentina, lo cual viene a equipararse con la inestabilidad del lustro anterior con crisis en Brasil, Venezuela y Guatemala. La diferencia entre un periodo y otro es precisamente que en este último periodo las crisis han tenido formatos más diferentes. En la primera mitad de la década de 1990 fueron los procesos de juicio político los que terminaron con el mandato presidencial de Fernando Collor de Melo y de Carlos Andrés Pérez.

Sin embargo en las crisis recientes, fundamentalmente en las de Ecuador y Argentina, fueron amplios movimientos de descontento social, como consecuencia de la incapacidad de los gobiernos para manejar fundamentalmente la economía, los que precipitaron el fin de aquéllos.

Entiendo que más que de causas institucionales se debe de hablar de mal manejo de las políticas económicas. Bien es cierto, no obstante, que la fragilidad de los respectivos gobiernos de Ecuador y de Argentina, apoyados en frágiles coaliciones partidistas, así como un liderazgo extremadamente débil, contribuyeron también a acentuar las crisis. Aparentemente, las consecuencias de sendas situaciones son dos: el todavía mayor desprestigio de la política y el giro, como recientemente se ha visto en Ecuador, hacia posiciones de antipolítica.

A la luz de estos acontecimientos que describe, quisiéramos pedirle un comentario sobre el hecho que la región cumple veinte años de democracia sin mayores interrupciones...

Mi impresión es favorable si se habla en términos regionales y si se compara a la región con su historia. Ciertamente hay casos que puntualmente son negativos (por ejemplo Argentina a lo largo del último año), pero la región se enfrenta por primera vez al disenso, al conflicto y a la necesaria búsqueda de soluciones que requieren de unos niveles mínimos de consenso y de operatividad con un bagaje de veinte años continuados de predominio de la poliarquía sin que se planteen opciones explícitas, y con un mínimo de apoyo, que deseen patear el tablero

Más allá de las diferencias por país, muchos observan que a lo largo de la región los sistemas de partidos entran en crisis, y que cierto nivel de fragmentación pareciera ser un denominador común. ¿Qué impresión le merecen estas interpretaciones?

Usted se refiere a una fragmentación y yo no creo que ése sea el denominador común. Probablemente deberíamos centrarnos en dos elementos, uno bien conocido como es el desprestigio de los mismos por parte de la población que les hace ser repudiados por muchos sectores, entre ellos los socialmente más dinámicos, y otro menos evaluado por sus connotaciones peyorativas y que se refiere a la crisis de liderazgo en que se ven envueltos. Ni están los mejores, ni los más aptos, ni los más comprometidos en el interior de los partidos. A estos dos elementos añadiría la idea, en clave institucional, de lo difícil que es la forma de gobierno presidencial para desarrollar partidos sólidos y, sobre todo, cohesionados. El hecho de que en esas situaciones el ganador se lleva todo y que se lo lleve a título personal porque, finalmente, es el SR. Presidente, y el énfasis en la división de poderes no fomenta por sí mismo la cooperación entre los mismos con lo que el Poder Ejecutivo se aleja incluso de su propio partido hundiéndole en el obstracismo político. Lo que acontece en México entre Fox y el PAN es una prueba de ello.

A lo largo de la región se suceden iniciativas y proyectos para la reforma de las instituciones políticas, como una respuesta a las situaciones de crisis que se repiten de país en país. ¿Cuál es su evaluación general de este fenómeno?

Creo que hay más ruido que nueces. Además, como ya sucedió en la reforma argentina de 1994 o en la venezolana de 2000, esos procesos en muchas ocasiones lo que ocultan son ambiciones personales.

¿Qué es lo que puede hacer una reforma política para reencauzar la crisis política en los países de Sudamérica?

No hay una sola reforma política posible y desconfío mucho de los efectos salvíficos e inmediatos de la ingeniería institucional. Parecería más sensato abordar los problemas paso a paso y a través de pequeñas aproximaciones sectoriales a los temas.

A casi un año de la caída del presidente De la Rúa, en Argentina se reaviva el debate sobre el fracaso de la Alianza. ¿Cuál es su visión sobre el fracaso de las coaliciones políticas en Argentina?

Fue un desastre la que llevó a De la Rúa al poder. Unos (el FREPASO) aportaron los votos y otros (los radicales) usufructuaron el poder por estar más organizados y tener más experiencia. Carlos Alvarez fue un irresponsable en su dimisión y, a continuación, lo fue De la Rúa por seguir en la presidencia. Es decir, si habían llegado juntos al poder con lo que ello suponía deberían haber seguido o irse juntos. Ello no invalida la idea de coalición porque en el resto de los países de América del Sur de una manera u otra gobiernan coaliciones.

¿Cuál es la primera impresión que le producen los últimos resultados electorales presidenciales en Brasil, Bolivia y Ecuador?

Son tres países muy diferentes. De Bolivia hay que destacar que su presidencialismo parlamentarizado sigue funcionando y que estos comicios siguen incrementado el récord de estabilidad política de dicho país (hasta 1984, uno de los más inestables históricamente de América Latina), además que se siguen incorporando sectores tracionalmente excluidos. De Brasil se puede decir algo similar y añadir, para un espectador europeo, la extrañeza que supone un enfrentamiento en la segunda vuelta de las elecciones entre dos políticos perseguidos por los militares y de cariz ideológico no tan diferente, lo que pone de relieve que lo que se dirimía, sobre todo, era la continuidad de la élite gobernante o el cambio. De Ecuador ya he avanzado algo: las elecciones significan un profundo rechazo de los partidos tradicionales y la reapertura de un escenario de enormes dificultades en las relaciones con el Congreso pues quien gane en la segunda vuelta deberá hacer encaje de bolillos para gobernar.

Sobre Brasil me gustaría agregar que se trata de un triunfo que va a tener un fuerte efecto simbólico en América Latina, pero que por encima de ello está la realidad de Brasil y del escenario que queda diseñado en la política de ese país. Es un disparate comparar a Lula con Salvador Allende y lanzar las campanas de la llegada de la izquierda al poder. Lula es el presidente claramente elegido por los brasileños, pero nada más. Junto a él hay un vicepresidente, también elegido, empresario y liberal y frente a él estará un Congreso en el que tendrá que establecer alianzas porque su apoyo directo parlamentario será muy exiguo y, finalmente, el PT no controlará ninguno de los tres estados más importantes del país.

La Asociación Latinoamericana de Ciencia Politica

¿Cómo surge la iniciativa de la Asociación Latinoamericana de Ciencia Politica?

Surgió como consecuencia de la existencia de un vacío y de la necesidad de llenarlo. Muchos nos dábamos cuenta que el principal sitio de reunión eran los Congresos de LASA y estimábamos que debíamos tener algo complementario, además de procurar un mínimo de servicios para los asociados así como contribuir a la difusión de la disciplina en nuestra región.

¿Existe alguna fórmula, alguna particularidad latinoamericana en el modo de hacer y estudiar la política? ¿Algo que distinga a nuestra reflexión de los paradigmas de la ciencia política más influyente -la que se hace en los EEUU?

Creo que todavía no se puede hablar de una Ciencia Política Latinoamericana, por dos razones: por su escaso desarrollo y por su excesiva parcelación nacional. La academia norteamericana tiene mucho peso porque muchos de los principales jóvenes politólogos se han formado allí -me refiero, por ejemplo, a los que trabajan en las principales

instituciones punteras de Argentina, Brasil y México, fundamentalmente. Más modestamente pueden citarse los esfuerzos realizados, por lo menos hasta la fecha, por instancias regionales como son los programas de las diferentes FLACSO. En España, existe igualmente desde hace una década un foco de formación que bascula, principalmente, en la Universidad Complutense de Madrid y su anexo Instituto Ortega y Gasset, y desde hace cuatro años en la Universidad de Salamanca. Estimo que en estos ámbitos la visión de los programas de doctorado es ecléctica, a caballo de lo que denominaríamos una ciencia política tradicional con un fuerte componente discursivo, anclado en la historia y en la teoría, y una ciencia política más empírica que pretende ir incorporando paulatinamente técnicas estadísticas y formulaciones con contenido matemático.

¿Cómo se organiza esta Asociación?

Con una Secretaria General que se encuentra en la Universidad de Salamanca hasta 2004 y de la que soy responsable, y con un comité de algo más de veinte personas que intenta representar a los académicos de diferentes países.

¿Qué planes tiene la Asociación para esta primera etapa, y para el largo plazo?

Son modestos. Poner en marcha una página web y un boletín electrónico para sus afiliados, algo que queremos que esté funcionando en enero de 2003, y la celebración de congresos bianuales. El segundo será en Brasil en 2004 y el tercero en México, en 2006.

* Manuel Alcántara es Director del Instituto de Estudios de Iberoamerica y Portugal, Universidad de Salamanca