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La crisis de los partidos políticos avanza sobre las instituciones argentinas
por Julio Burdman
[03 de Febrero de 2003]

La crisis argentina es fundamentalmente política, y dentro de sus causas políticas se destaca el meteórico derrumbe de la UCR y el Frepaso. Ambos partidos, aliados desde 1997, hasta hace escasos años reunieron juntos el 50% de los votos en elecciones presidenciales y hoy han prácticamente desaparecido del escenario político nacional.

No es esta la causa única de la crisis política, pero sí la principal. Fueron 14 meses de parálisis y caída al vacío. El conflicto de identidad del gobernante Frepaso que motivó el retiro de la vida política de sus líderes y fundadores, la consiguiente ruptura de la coalición de gobierno, la ulterior crisis del radicalismo que dejó de apoyar a su propio Presidente y terminó por convertirse en una oposición activa, y finalmente la renuncia de Fernando De la Rúa en un contexto de caos económico y social, describen una crisis de proporciones inéditas. Muy pocas veces, en la historia de partidos y gobiernos en el mundo contemporáneo, vamos a encontrarnos con un caso semejante en materia de destrucción política y disolución del poder.

Como esta crisis se produce cuando la UCR y el Frepaso estaban en el gobierno, su impacto sobre la gobernabilidad fue enorme, abriendo las puertas a una crisis político-institucional que fue probablemente la más grave de la historia argentina.

Pero el deterioro que provoca la virtual desaparición de estas fuerzas políticas no se reduce a la caída de De la Rúa. Continúa aún hoy y sus efectos siguen presentes.

Con vistas a las próximas elecciones, el principal resultado de esta ausencia es que el peronismo se transforma en el partido hegemónico de la Argentina. La competencia por el poder, que antes se daba entre dos o más partidos en elecciones democráticas, ahora se traslada al interior del partido hegemónico. Ya que es altamente probable que del peronismo surja el próximo Presidente, la batalla más importante es la que se libra por su liderazgo.

Este hecho explica en gran parte la división electoral del peronismo en tres aspirantes a la Presidencia, y la creciente diferenciación ideológica entre ellos, ya que de haber un gran partido no peronista participando en la disputa por el poder, es más probable que el PJ hubiera dirimido su interna y presentado una única opción.

La crisis que vive el peronismo es, por lo tanto, una consecuencia de la crisis del sistema de partidos que se produce con la desaparición de la Alianza: la división electoral es un lujo que puede darse ante la ausencia de competidores fuertes. Pareciera que la división lo debilita, pero también es cierto que desde otro ángulo lo beneficia. De haber un solo candidato peronista, esto hubiera producido el crecimiento del no-peronismo (Carrió, López Murphy) por la polarización.

Hoy también otro riesgo se cierne sobre las instituciones como consecuencia de la crisis del sistema de partidos: la inestabilidad del sistema electoral. La incertidumbre sobre la fecha de las elecciones presidenciales -que ya ha cambiado varias veces, y no pocos temen que podría volver a hacerlo-, la dispersión de los calendarios electorales provinciales, las manipulaciones en las internas de los partidos históricos y la probabilidad -hoy baja pero no nula- de que se cambie el régimen para la elección del Presidente en función del próximo comicio, son las tensiones que muestran el frágil equilibrio en que se encuentra el conjunto de reglas que conforman el sistema electoral argentino.

Los más optimistas sostienen que, considerando el estado crítico en que se encuentra el sistema de partidos, el hecho que el sistema electoral se encuentre en tensión y no en explosión es casi un milagro. Queda sólo un partido en Argentina. Y uno que, como reconocen propios y ajenos, desde 1949 no se ha caracterizado por el respeto consagrado a la institucionalidad electoral. Las cosas, dicen, podrían ser peores.

Para comprender lo que dicen los optimistas, y el riesgo general del que hablamos, hay que revisar la historia comparada. Es que en los países de partido hegemónico o único, el sistema electoral como tal no existe. Hay un conjunto de reglas y mecanismos más o menos estables según el caso, pero que fácilmente pueden cambiar para adaptarse a las necesidades de su beneficiario. En democracias jóvenes como la nuestra, el sistema electoral no se sostiene por la tradición de la ley sino por el equilibrio de las fuerzas políticas.

Lo que pasa es que en una democracia, los partidos, las instituciones políticas y las reglas electorales forman equilibrios. Y cuando uno de estos ejes comienza a fallar, tiene repercusiones en la salud general del sistema. En Argentina, el colapso de la Alianza hirió gravemente la gobernabilidad y dio lugar a una inédita crisis institucional. Cinco presidentes en dos semanas, la distorsión de los poderes nacionales que implicó la “liga de gobernadores” y la ruptura de los contratos económicos, son algunos de los resultados de la misma. Con la crisis de partidos e instituciones, las reglas electorales son la última reserva.

Ahora, en 2003, lo peor de esta crisis institucional pudo haber pasado, pero las causas de la misma siguen vigentes. Las reglas electorales, cada vez más impredecibles, sufren ahora el riesgo de la crisis política que avanza sobre las instituciones. Hasta que el meollo de la crisis, que son los partidos políticos, no encuentre su camino de solución, todo indica que el deterioro seguirá avanzando.


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