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Biblioteca: Las elecciones generales de 2002 y la metamorfosis del sistema de partidos en Bolivia
René Antonio Mayorga, Dr.phil. por la Universidad Libre de Berlín; profesor e investigador de ciencia política del CEBEM y la FLACSO-Ecuador. INDICE
Las elecciones generales de 2002 y la metamorfosis del sistema de partidos en Bolivia

A dos décadas de construcción democrática, las elecciones generales del 30 de junio de 2002 fueron las más inciertas e imprevisibles y, por cierto, engañosas para analistas políticos que -con ingenua confianza en las encuestas- se lanzaron a destiempo a hacer juicios catastróficos acerca de sus resultados y consecuencias sobre el sistema político. En varios artículos de prensa, gruesos errores de análisis terminaron en enormes falacias -de hecho, en una serie de precipitadas necrologías sobre el "fin" del sistema de partidos, el "agotamiento de la democracia pactada", la "crisis irreversible del Estado", y la inminente ingobernabilidad. 1

En efecto, ante una esperada arremetida antisistémica, estas elecciones parecían encaminadas para unos a producir efectos letales sobre el sistema de partidos y el gobierno, y para otros a revelar los límites insuperables del sistema democrático dando paso a la alborada de una transición hacia la "democracia plebeya", supuestamente un modelo superior a la democracia representativa. En un contexto de polarización de las opciones electorales, muchas cuestiones de fondo flotaban en un ambiente pre-electoral atizado vivamente por los medios de comunicación. El sistema democrático daba la impresión de estar sumergido en una crítica coyuntura política de inflexión y ruptura de toda una época política. Dado el trasfondo de la grave crisis social y política del año 2000, del legado perverso del gobierno de Banzer y del relativo desencanto de la población con la política, se temía que la crisis de credibilidad de los partidos tocaría fondo generando efectos disruptivos sobre la representación política y la capacidad de los partidos predominantes para sobrevivir. Igualmente, se presentían cambios de magnitud por la emergencia política de movimientos indígenas como el MAS y el MIP, y el ascenso "incontenible" de la neopopulista NFR, alimentado por las encuestas incompetentes de un influyente periódico. Y, por último, ante el casi seguro declive del trípode de partidos que sostuvo a los regímenes democráticos desde 1985 parecía perfilarse como corolario inevitable un horizonte de inestabilidad e ingobernabilidad.

Contra la corriente de estos argumentos y pronósticos, me propongo desarrollar una serie de reflexiones acerca de las consecuencias e implicaciones objetivas que tuvieron las elecciones sobre el sistema de partidos. Con la ventaja de disponer los resultados electorales y tener ante nosotros un gobierno ya conformado, el artículo parte de una interpretación de procesos consumados para elaborar una argumentación que rebate los análisis prospectivos que se hicieron a partir de premisas basadas en encuestas de dudosa calidad. La pregunta fundamental, que se plantea el artículo, es: ¿ cuál es la naturaleza de los cambios que han producido las elecciones generales en el sistema de partidos. Me interesa sobre todo indagar si los resultados de las elecciones se pueden explicar en términos de descomposición o recomposición del sistema de partidos; es decir, si las elecciones han dado lugar a un nuevo sistema de partidos o más bien a una reconfiguración del mismo. Como objetivo complementario, me propongo también examinar los efectos que los cambios en el sistema de partidos tuvieron sobre la formación del nuevo gobierno y la política de los acuerdos interpartidarios que han sido hasta ahora la base de los gobiernos democráticos.

La recomposición del sistema de partidos: del multipartidismo moderado al multipartidismo polarizado

A mi criterio, las elecciones presidenciales y parlamentarias del 30 de junio de 2002 han tenido cuatro consecuencias profundas sobre el sistema de partidos: a) una significativa recomposición , b) una fuerte polarización entre los partidos predominantes y nuevas fuerzas políticas, c) un avance cualitativo de la representación política por la inclusión de sectores indígenas y campesinos al sistema político, y d) una importante redistribución territorial del voto.

El efecto de mayor trascendencia ha sido, sin duda, una recomposición importante, pero parcial del sistema de partidos. Para entender este fenómeno en toda su magnitud, es necesario referirse a las características esenciales del sistema de partidos que predominó desde 1985.

Como sabemos, uno de las transformaciones más significativas de la democracia en Bolivia fue que, por primera vez en su historia, surgiera un sistema multipartidista moderado, opuesto cualitativamente al sistema multipartidista altamente fragmentado y polarizado que prevaleció en el momento de la transición democrática. A partir de las elecciones de 1985 hasta las elecciones de 2002, predominó un sistema moderado de partidos que descansaba en un eje o trípode de tres partidos -MNR, MIR y ADN-, cada uno de los cuales fue el pivote en cuatro gobiernos de coalición. Estos tres partidos concentraban entre el 65 % y el 57% de los votos y el 86% y el 62% de los escaños formando con la ayuda de partidos menores dos bloques -ADN-MIR y MNR- que se alternaban en el gobierno. En términos históricos, esta transformación fue crucial. Antes de la revolución de 1952, Bolivia había conocido un sistema multipartidista excluyente y de bajísima capacidad de representación en el contexto de un sistema político oligárquico. La revolución de 1952 trajo como consecuencia no un sistema de partidos, sino el predominio absoluto de un partido verdaderamente hegemónico -el MNR- que llegó a confundirse con el Estado, asemejándose al PRI mexicano, pero sin llegar obviamente a alcanzar la solidez y longevidad extrema de éste. Sólo con la transición a la democracia se fue configurando un sistema multipartidista que devino en pocos años de fragmentado y polarizado en un sistema moderado -sustentado en el consenso básico sobre la necesidad de impulsar la democracia representativa y la economía de mercado- y en el cual ningún partido ejerció un real dominio hegemónico.

Después de grandes conflictos y confrontaciones destructivas entre los partidos y entre éstos y los movimientos sociales durante la fase de transición a la democracia, los partidos llegaron a conformar un sistema de partidos, es decir, un sistema de interacción partidaria de acuerdo a reglas de juego que norman la competencia democrática por el poder. A partir de 1985 y coincidiendo con las reformas estructurales de la economía, el sistema de partidos empezó a perfilarse como un sistema multipartidista moderado caracterizado por tres elementos claves tal como Sartori ha destacado: una distancia ideológica relativamente leve entre los partidos grandes, una tendencia a la formación de coaliciones entre partidos de distintas posiciones; y una competencia partidaria predominantemente centrípeta (Sartori 1987: 227).

Cuatro factores históricos incidieron en la formación de este sistema de partidos: 1) la derrota y el desplazamiento político de los partidos de la izquierda tradicional y del movimiento sindical que estuvieron orientados desde la década de los 50 en objetivos radicales de cambio social y político; 2) un desplazamiento radical hacia posiciones centristas y gradualistas en amplios sectores de la sociedad; 3) la crisis de la economía estatista y del rol central del Estado y la transformación de la política económica a través de estrategias de ajustes orientadas en la economía de mercado; y 4 ) el cambio de la confrontación antagónica entre los partidos por pautas de concertación y acuerdos interpartidarios que hicieron posible gobiernos de coalición en el contexto del diseño constitucional vigente. Este ha sido un cambio institucional decisivo para el desarrollo del sistema de partidos porque los patrones de interacción y competencia se orientaron hacia la negociación y concertación entre los partidos, y hacia una convergencia programática en cuestiones de política económica y reforma política y, por lo tanto, hacia una competencia de tipo pragmático de propuestas concretas más que a una confrontación estéril de modelos utópicos de organización social y política. Por lo tanto, el gran viraje político se produjo gracias a la implantación de una lógica democrática de acuerdos y consensos entre partidos que reemplazó la lógica tradicional de guerra implacable entre los adversarios políticos desbrozando así el terreno para una "democracia pactada".

¿Cuáles han sido los rasgos esenciales del sistema multipartidista? En primer lugar, tuvo lugar una reducción progresiva y sustancial del número de partidos y, por tanto, una disminución cualitativa del grado de fragmentación partidaria. La reducción del número de partidos llevó a un formato de sistema multipartidista moderado en torno a cinco partidos con representación parlamentaria importante. Con altibajos, el sistema empezó a experimentar -a partir de las elecciones de 1985- una fuerte reducción de sus componentes como se comprueba con la diferencia entre partidos y/o frentes electorales y partidos y/o frentes parlamentarios -es decir, aquellos que lograron acceder al Parlamento (Anexo: TABLA 1).

El aspecto esencial de este proceso no sólo fue la reducción del número de partidos, sino la emergencia de una estructura de tríada partidista (MNR, MIR, ADN), es decir, de tres partidos relevantes en los cuales estuvieron concentrados el "potencial de gobierno" y la capacidad de coalición. En las elecciones de 1985 a 1997, estos tres partidos lograron conquistar conjuntamente entre del 54% al 84% de los escaños parlamentarios y formaron coaliciones gubernamentales en alianzas de diverso tipo con partidos menores (Anexo: TABLA 2).

A pesar de nuevas formaciones políticas como CONDEPA, UCS y otros quasi partidos, el sistema de partidos no dejó entonces de funcionar durante los períodos constitucionales desde 1985 en torno a un "eje político" de tres partidos decisivos para la formación de gobiernos. Es cierto que los resultados de las elecciones de 1993 y 1997 modificaron ya este "eje" ampliando el espectro de partidos con importancia parlamentaria de tres a cinco partidos con la inclusión de CONDEPA y UCS, aunque -si miramos más a fondo- este eje estuvo dividido en dos bloques partidarios formados por el MNR y ADN/MIR que han sido la cabeza de todos los gobiernos desde 1985. La ausencia de una hegemonía mono- o bipartidista fue entonces compensada por la formación de un trípode de partidos. Cada uno de estos partidos ha sido el pivote de construcción de mayorías y coaliciones gubernamentales. Las distintas experiencias partidarias en los gobiernos de coalición -en particular, la ruptura del Pacto por la Democracia entre el MNR y ADN en 1989- trajo consigo además un patrón de competencia bipolar puesto que la alternancia en el poder se ha producido entre el MNR, por una parte, y ADN en alianza con el MIR, por otra parte.

En segundo lugar, un rasgo definitorio del sistema multipartidista moderado ha sido la ausencia de mayorías absolutas o la persistencia de mayorías relativas por lo cual ningún partido pudo conquistar una verdadera hegemonía política. En tercer lugar, el sistema partidario se basó en un tipo de competencia centrípeta que ha disminuido sustancialmente la tradicional polarización o distancia ideológica entre los partidos. A partir de 1989, es decir, después del primer período gubernamental de cuatro años de aplicación de la Nueva Política Económica, un campo de enfrentamiento ideológico menos virulento y radical entre las élites políticas y económicas, que impulsaron la modernización liberal política y económica de la sociedad y el Estado, y nuevas fuerzas populistas, aferradas en muchos sentidos a las prácticas políticas del populismo tradicional, desplazó a los antagonismos entre las tendencias de democratización liberal, por una parte, y la izquierda marxista y populista, por otra.

De esta manera, las contradicciones entre los partidos que abogaban por la democracia representativa, la economía de mercado y el rol regulador del Estado, y aquellos que expresaban orientaciones populistas, comunitaristas y particularismos étnico-culturales marcaron las fracturas ideológico-políticas predominantes durante tres lustros, pero no tuvieron una influencia decisiva sobre el sistema político. Por el contrario, la dinámica de relativa polarización que se desató con la emergencia de CONDEPA y UCS -dos partidos populistas de distinto signo, impulsados inicialmente por tendencias antisistémicas -, fue neutralizada por los efectos centrípetas del sistema de partidos y del sistema de gobierno llevando a una rápida integración de estos partidos neopopulistas y a la virtual desaparición de las organizaciones de la izquierda marxista (Mayorga 1995, Lazarte 1993). En este proceso, las contradicciones tradicionales entre la izquierda marxista-populista y las corrientes de derecha antidemocráticas se desvanecieron completamente. Como resultado, el espectro político quedó claramente definido por los partidos del "centro democrático" y un ambiguo proceso de resurgimiento y simultáneamente de rápida absorción de actores y movimientos neopopulistas.

En este escenario, fue extremadamente notorio que no hubieran cuajado hasta las elecciones de 2002 los esfuerzos de organizar partidos o movimientos sobre principios exclusivamente étnico-culturales y concepciones fundamentalistas. Si, por un lado, la política de inclusión en el sistema de representación continuaba siendo una de las asignaturas pendientes de mayor relevancia de los partidos políticos porque estos no tuvieron la capacidad de integrar ampliamente la multiplicidad de los clivajes étnico-culturales y las demandas de una nación mayoritariamente indígena, llamaba la atención, por el otro, el rechazo mayoritario de la población indígena a orientaciones partidistas fundamentalistas y puramente indigenistas en la década del ochenta (Mayorga 1995).

En resumen, los rasgos estructurales fundamentales del sistema multipartidista boliviano fueron:

  • un número efectivo de cinco partidos,
  • la vigencia de un formato tripartidista, es decir, de una tríada de partidos relevantes parar la formación de coaliciones gubernamentales con mayoría parlamentaria,
  • el pluralismo moderado y una polarización ideológica leve entre los partidos relevantes del sistema,< /li>

  • la persistencia de mayorías relativas, y
  • una competencia partidaria predominantemente centrípeta. 2

A partir de las elecciones de Junio de 2002 estamos en una situación nueva. Ocurrieron cambios significativos del sistema multipartidista moderado que, sin embargo, no se tradujeron en una descomposición, sino más bien en una recomposición del sistema de partidos. Si entendemos un sistema de partidos como un conjunto estable de partidos que interactúan según reglas de juego aceptadas por todos, el sistema de partidos boliviano no se ha derrumbado ni ha llegado a su fin3. Y esto no ha sucedido porque -a pesar de la ambigüedad de las actitudes del MAS, el MIP y NFR ante el orden democrático- - las reglas de juego de la competencia política siguen vigentes. Lo que ha ocurrido, ha sido fundamentalmente un cambio notable del sistema por la desaparición y declinación de algunos de sus componentes y surgimiento de otros lo cual equivale a una metamorfosis pero no a una disolución del sistema de partidos como tal. 4 Es indudable que el trípode de partidos se deshizo. ADN que en las elecciones de 1997 obtuviera el 22.26% de los votos y 45 escaños, sufrió una catastrófica derrota convirtiéndose en un partido marginal y está prácticamente al borde de la desaparición al alcanzar sólo el 3,4% de votos y 5 escaños. Su catastrófica derrota fue algo previsible y casi un resultado esperado debido a la pésima gestión del gobierno de Banzer, cuya muerte terminó en comprometer seriamente el futuro del partido. Para el sistema de partidos, la marginalización de ADN implica ciertamente el debilitamiento del eje de partidos que sostuvo el proceso democrático hasta ahora, pero de ninguna manera una descomposición o su relevo por otro eje hegemónico de partidos.

La descomposición del trípode MNR, MIR, ADN no trajo entonces como consecuencia el derrumbe conjunto de los tres partidos que lo conformaban ni tampoco el colapso del sistema de partidos. El trípode dejó de existir pero el MNR y el MIR mantuvieron su posición de partidos relevantes de tal manera que se convirtieron en la columna vertebral de una nueva coalición de gobierno. La razón es simple. El MNR ganó las elecciones por una ligera mayoría relativa del 22, 46% de los votos; sin embargo, obtuvo la bancada más fuerte de 47 escaños mientras que el MIR con el 16, 32% de los votos se colocó como tercera fuerza parlamentaria con 31 escaños de un total de 157 escaños parlamentarios. Son estos resultados -que reflejan la desproporcionalidad del sistema de representación personalizada- los que hicieron posible que el MNR y el MIR armaran una coalición parlamentaria y gubernamental inicialmente con 78 escaños o el 49.67% del Congreso -casi la mayoría absoluta de 79 escaños- y luego ampliada con el apoyo de UCS y ADN a 88 escaños o el 56.03% del total de escaños. Por lo tanto, no se puede afirmar que las elecciones hubieran desbaratado al sistema de partidos en su conjunto o creado otro eje político alternativo con capacidad de acceder al gobierno. Por el contrario, las elecciones hicieron posible que el MNR y el MIR continuaran como partidos relevantes con fuerza parlamentaria y capacidad de coalición. Atenerse sólo a la votación obtenida por los partidos no permite comprender los cambios en el sistema de partidos y la nueva correlación de fuerzas, y menos la lógica de la formación de gobierno que está inscrita en el sistema de elección congresal del Presidente de la República. 5

El sistema de partidos sufrió también una sustancial modificación porque los dos partidos neopopulistas que surgieron a fines de la década de los ochenta se hundieron: UCS pasó a la marginalidad al obtener sólo el 5.5% de los votos y 5 escaños, y CONDEPA -un patético caso de muerte anunciada- colapsó totalmente con apenas el 0.36% de los votos perdiendo así su personería jurídica. Para tres de los cinco partidos importantes desde 1989, las elecciones han significado entonces la tumba o la caída en picada de la cual será muy difícil recuperarse.

Por otras dos razones, se puede sostener que la recomposición ha sido igualmente significativa. En primer lugar, importantes movimientos campesinos se transformaron en movimientos políticos logrando una representación política de carácter histórico. El movimiento campesino dirigido por Evo Morales se ubicó en segundo lugar con el 20.94% de los votos y 35 escaños participando con la sigla del MAS. Si se agrega la votación del MIP, dirigido por Felipe Quispe, que consiguió el 6.09% de los votos y 6 escaños, ambos movimientos alcanzaron el 27. 03% de los votos y 41 escaños que constituyen el 26% del total de escaños en el Parlamento. En segundo lugar, NFR, el partido neopopulista dirigido por Manfred Reyes Villa, se ubicó, en términos de votos, en el tercer lugar con el 20.91% de los votos pero, en términos de escaños, en el cuarto lugar. Con estos resultados, aunque el número efectivo de partidos se mantiene inalterable en cuatro, es indudable que el sistema de partidos ha sufrido una notable transformación respecto a los actores que lo componían (Anexo: Tabla 3).

La segunda consecuencia de gran alcance ha sido la polarización del sistema multipartidista a causa del surgimiento de movimientos políticos de tendencia fuertemente antisistémica -el MAS y el MIP- y, en menor medida, del neopopulista NFR. El poder parlamentario logrado por el MAS y el MIP ha polarizado el sistema de partidos porque ambos son movimientos sociales hostiles a la democracia representativa y rechazan el modelo de economía de mercado. Se ha abierto, por tanto, una nueva distancia ideológica con los partidos sistémicos. Incluyo parcialmente al NFR dentro de este escenario de polarización por ser un partido neopopulista que propone un retorno al sistema de control estatal de la economía. Pero mientras el MAS tiene, por lo menos, la posibilidad de transformarse en un partido fuerte, todo indica que NFR es un partido volátil cuyo crecimiento a escala nacional ha sido más aparente que real. No tiene una sólida organización y carece de cuadros políticos competentes y experimentados así como tampoco tiene un programa político a no ser que llamemos programa a la retahila de cien puntos y exorbitantes e incumplibles promesas -orientadas en la idea central de un retorno al estatismo- que hizo en su campaña electoral. La fuerza parlamentaria de NFR es más errática que sustancial. No hay elementos para afirmar que el meteórico ascenso de NFR pueda consolidarse en un poderoso partido de oposición. Como fenómeno pasajero, lo contrario es más probable: tenderá a dividirse y a escindirse en grupos que apoyarán o se opondrán al gobierno. 6

El MAS, el MIP y NFR capturaron el descontento acumulado por la crítica situación de pobreza y exclusión social, y por los graves desaciertos del gobierno de Banzer. De hecho, el electorado se dividió casi en dos campos iguales decidiéndose ya sea por ofertas que proponían cambios radicales por la vía del desmontaje radical -aunque no dio su respaldo a otros candidatos antisistémicos como Costa Obregón y Blattmann- o por opciones de reforma moderada. Pero la polarización no fue sólo el resultado coyuntural de la insatisfacción de una parte considerable de la población, especialmente rural, con el rendimiento de los partidos y del modelo económico, sino que se explica por el resurgimiento político de clivajes étnico-culturales que estuvieron latentes desde la transición a la democracia y asumieron ahora una forma política con los movimientos sociales de los cocaleros del Chapare y de los campesinos aymaras del Norte de La Paz. Estamos, de hecho, ante la fuerte politización de conflictos económicos y sociales que se desencadenaron en el gobierno de Banzer, pero, a diferencia de lo que sucedió en el pasado, los movimientos campesinos reavivaron dimensiones étnico-culturales e ideológicas -la democracia comunitaria, el valor cultural-simbólico de la hoja de coca, el rechazo a la economía de mercado y la globalización- que ya estuvieron, por ejemplo, presentes en la práctica política de Evo desde la formación del movimiento cocalero y su ingreso al Parlamento en 1997. Como reacción a la política norteamericana y la drástica de erradicación del gobierno de Banzer y Quiroga, estos valores y principios fueron utilizados crecientemente como mecanismos de justificación ideológica del principal objetivo en la lucha del movimiento cocalero, la defensa de la economía de la coca.

Algunos piensan que han renacido las tradicionales fracturas entre la derecha y una izquierda renovada, y que el MAS es la expresión de una "nueva izquierda". Sin embargo, no se ha producido ni la resurrección de la vieja izquierda marxista ni la emergencia de una nueva tendencia de izquierda revolucionaria. La izquierda ortodoxa -comunista y trotzkista- ha desaparecido del mapa y sus exiguos resabios no son sinónimos de innovación política. Es cierto que con el MAS y el MIP se han replanteado temas de la izquierda tradicional como el anti-imperialismo, la defensa de los recursos naturales, la recuperación de la economía estatal, etc. Pero estos elementos ideológicos son más bien componentes de la izquierda tradicional, conservadora y no plantean un nuevo modelo económico-social sino la restitución de un modelo que ha sido superado. Y en el ámbito de las dimensiones étnico-culturales, los programas del MAS y el MIP son también expresiones políticas de visiones conservadoras que miran al pasado. Por esto, destacan la defensa de tradiciones ancestrales y el futuro político como retorno al mítico pasado del Incario (MAS 2002: 59-88, MIP 2002: 121-134). En ambos sentidos, no creo que emplear el término de izquierda sea adecuado a no ser que establezcamos una errónea homología entre este término, el rechazo radical al modelo económico-político, y una concepción cíclica de la historia.

La actual polarización ideológica no se puede entender con los parámetros tradicionales de derecha e izquierda porque los conflictos sociales por intereses específicos están subsumidos bajo conflictos de identidades étnico-culturales. Por eso, el nuevo escenario político y la dinámica del sistema de partidos enfrentan fracturas entre el fundamentalismo étnico y un modelo democrático-pluralista de organización política que intenta integrar la diversidad étnico-cultural, entre la democracia del ayllu y la democracia representativa que trata de incorporar mecanismos participativos, entre economía de mercado y inserción en el proceso de globalización, por una parte, y economía comunitaria y desarrollo nacional autárquico, por otra; entre una concepción del rol del Estado como promotor y regulador de la economía y o una concepción de re-estatización de la economía.

Pero no basta constatar la polarización que ha experimentado el sistema de partidos. Cabe preguntarse cuáles serán sus alcances y efectos sobre el gobierno y particularmente sobre la política de la oposición. Este es un terreno en el que ciertamente sólo se puede hacer, por el momento, conjeturas. El MAS y el MIP no tienen el poder parlamentario necesario para imponer solos o en alianza una legislación que modifique radicalmente el modelo vigente, aunque sí podrán tener la fuerza suficiente para poner trabas a iniciativas legislativas como la aprobación de la reforma constitucional para la cual se necesitan dos tercios de votos del Congreso. El problema fundamental, que el MAS y el MIP plantean, radica más bien en sus orientaciones radicales y hostiles a la democracia representativa así como en su capacidad de movilización social con la cual pretenden desestabilizar el sistema político y obstaculizar las políticas que el gobierno piensa llevar a cabo. Por lo tanto, se trata de un problema derivado de una estrategia dual de oposición que se propone atacar al gobierno desde adentro y fuera del Congreso, y también utilizar las instituciones democráticas para un cambio radical del sistema político Ha sido sobre todo la dirigencia del MAS la que ha señalado insistentemente que hará una oposición frontal contra el gobierno. Pero cometeríamos un error teórico y político si deducimos de las posiciones y los argumentos ideológicos y programáticos del MAS y el MIP que estos harán indefectiblemente una oposición anti-sistémica de bloqueo, veto y desestabilización, radicalmente reacia a una política de negociación y concertación con el gobierno.

Es aconsejable relativizar y matizar la nueva polarización del sistema de partidos. Se debe considerar que es poco probable que se produzca una identidad o correspondencia estricta entre la ideología radical y fundamentalista y la política concreta, especialmente del MAS como el actor clave de la oposición que tampoco es un movimiento homogéneo y férreamente alienado al liderazgo radical de Evo Morales. Los objetivos programáticos del MAS son tan radicales y utópicos -por ejemplo, sustituir la democracia representativa por la democracia del ayllu y cambiar la estructura del Estado por un conjunto atomizado de "gobiernos soberanos magnos" (MAS 2002: 88)- que cualquier intento de ponerlos en práctica tendría efectos destructivos sobre el sistema democrático y la propia organización del MAS. No todos los parlamentarios del MAS comparten la línea radical y fundamentalista de la dirigencia y NFR como segundo partido opositor es un partido amorfo sin una línea política coherente de manera que muchos de sus parlamentarios no rechazarán cerrar acuerdos específicos para llevar adelante los proyectos de ley del poder ejecutivo. Por estas razones, me inclino a pensar que el gobierno tendrá un margen de maniobra suficiente para sus iniciativas legislativas.

Por otra parte, una vez incorporado al sistema político con una fuerte representación parlamentaria y también dependiendo de una política gubernamental que otorgue espacios y prioridad a la negociación, es probable que la política de confrontación del movimiento campesino tienda a mitigarse y el MAS opte más bien por actuar en un campo institucional que es de la solución política de los conflictos. Por más que las perspectivas no sean prometedoras por los graves temas en disputa -sobre todo, la erradicación de la hoja de coca- y las visiones divergentes, es imposible descartar a priori que la polarización resultante de las elecciones ceda y se abra paulatinamente un espacio para una política de oposición moderada y constructiva del MAS. Pero esta perspectiva dependerá de la capacidad del MAS y del MIP de convertirse poco a poco en partidos políticos pasando de la lógica sindical a la lógica política articulando ambas. Es decir, el MAS y el MIP están ante el reto de diferenciar formas y espacios de acción que tienen lógicas distintas; desafío que compromete a todo el sistema democrático porque tiene que ver con la ampliación de la esfera política y con la coexistencia de movimientos sociales y partidos políticos. La política ya no está circunscrita sólo a la acción de los partidos.

Por el momento, debido a sus raíces y explosiva emergencia, el MAS y el MIP están dominados por una concepción sindicalista de la política. Si la lógica sindicalista prevaleciera, la acción política y, sobre todo, el tipo de oposición responderían principalmente a las formas de acción de movimientos sociales extra-institucionales aplicando los métodos de la presión, los bloqueos y las movilizaciones. Esta es la lógica que subyace a la citada "estrategia del cerco"- ya anunciada por Morales y Filemón Escobar- como una estrategia dual por la cual la actividad parlamentaria se verá sometida a la lógica sindical y extra-parlamentaria. En este caso, las perspectivas de reducir la polarización del sistema político y sustituir la oposición antisistémica por un tipo de oposición constructiva serían muy débiles. Para el MAS y el MIP se plantea entonces un problema similar al que se enfrentó la COB en la época de la UDP sin poder resolverlo: actuando en un terreno que exigía una lógica eminentemente política, la COB no fue capaz de diferenciar sus modos de acción política y transformarse en un movimiento político; actuó en política como movimiento social, es decir, con prácticas y métodos fundamentalmente extra-institucionales y particularistas (Mayorga 1991: 143-208, Kitschelt 2002: 363-383).

El tercer efecto de gran relevancia ha sido la inclusión de nuevos sectores sociales al sistema político. Debido a las características del sistema electoral de doble circunscripción y representación proporcional personalizada que se aplica desde 1997, el sistema democrático ha demostrado tener una gran capacidad de inclusión y de adaptación política a las nuevas tendencias y demandas sociales. Si la comparamos con intentos previos realizados por partidos kataristas, tanto fundamentalistas como moderados, en la década de los ochenta (Lavaud 1982; Mayorga 1995:131-152), es indudable que la lucha por la representación política autónoma de la masa indígena y campesina ha dado un salto cualitativo. Por diversas razones, los partidos kataristas nunca habían superado el 2% de la votación. El salto cualitativo en las elecciones de 2002 responde a dos tendencias y procesos de acumulación política de largo alcance que fueron desarrollándose en la última década, particularmente a partir de la reforma electoral de 1994-1996 que ha impulsado la territorialización del voto y de la aplicación de la ley de participación popular que ha creado nuevos espacios de competencia política en el ámbito local-municipal.. En primer lugar, y en contraste con anteriores elecciones, grandes sectores campesinos e indígenas participaron votando por opciones propias como el MAS y el MIP fortaleciendo la tendencia hacia una representación político-partidaria autónoma basada no sólo en demandas económico-sociales, sino en el principio de identidad étnico-cultural. En segundo lugar, se ha producido un notable desarrollo de la representación política en la dimensión de la representatividad, es decir, se abrió paso la representación "descriptiva" que satisface el requisito de semejanza por el cual un sector social o étnico-cultural elige representantes que reflejan sus propias características sociales y culturales. De este modo, en las elecciones de 2002 , los campesinos aymaras eligieron a representantes aymaras, los cocaleros del Chapare a sus dirigentes sindicales, los guaraníes a representantes guaraníes, etc.

Yo veo en estas dos tendencias una gran capacidad de adaptación del sistema democrático para ampliar y profundizar la participación política en la dimensión del pluralismo étnico-cultural. La otra cara de la moneda ha sido que los movimientos indígenas han desarrollado la capacidad de transformar su fuerza de movilización social en poder político e ingresar al sistema político-institucional. Por consiguiente, las elecciones han sacado a la superficie no sólo el creciente potencial político de estos movimientos sociales; han robustecido también la lucha de pueblos indígenas por una representación política propia. 7

Tanto el sistema electoral como el sistema de partidos, lo cual es muy significativo, no se han cerrado a nuevas fuerzas sociales y demandas multiétnicas. Por el contrario, han tenido la capacidad y flexibilidad suficientes para canalizarlas por un cauce político permitiendo claramente que movimientos sociales e identitarios pudieran transformarse en movimientos políticos con representación política propia. 8 Esto tuvo lugar gracias a la reforma electoral realizada entre 1994 y 1996 con la cual los partidos políticos intentaron resolver una serie de problemas que afectaron la representación política y el funcionamiento del sistema de partidos: en primer lugar, contrarrestar la desconfianza de la gente ante los partidos y el creciente divorcio entre electores y elegidos haciendo de los diputados uninominales representantes receptivos y responsables antes los intereses y demandas de la ciudadanía; en segundo lugar, hacer posible una legitimidad personal de la representación y una cierta autonomía de los diputados frente a las organizaciones partidarias fortaleciendo la representación territorial; y finalmente, impulsar el desarrollo de un sistema basado en un número menor de partidos. Pero ya en las elecciones de 1997 en las que se aplicó por primera vez, el nuevo sistema electoral de doble circunscripción demostró que sus efectos principales no radicaron tanto en la disminución de la desconfianza hacia los partidos o en la reducción del número de partidos políticos y de la volatilidad electoral. La territorialización del voto, el perfil del diputado uninominal como gestor de políticas municipales, el reforzamiento de los partidos o movimientos con fuertes baluartes locales así como el fortalecimiento de la representación corporativa y étnica fueron sus efectos más contundentes y mucho más aun en las elecciones de este año (Mayorga 1999, 2001a, 2001b). Precisamente movimientos políticos como el MAS y el MIP sacaron ventajas del sistema electoral incorporando a su lista de candidatos a dirigentes indígenas con fuerte presencia en sus distritos rurales demostrando que el sistema electoral tiene un potencial nada despreciable para desarrollar la dimensión étnica de la representación.

Estimulado por el sistema electoral, el viraje cualitativo que ha experimentado el sistema democrático consiste principalmente en el significativo avance del pluralismo multiétnico y multicultural. Sin embargo, no es menos cierto que con este giro se han destapado discrepancias conceptuales y normativas sobre la democracia que anidan hace tiempo en el sistema político y que están en la raíz de la polarización entre dos vías contradictorias e incompatibles: una vía de ruptura con el sistema democrático, propuesta para la corriente fundamentalista del MAS y el MIP, y una vía de democracia multicultural centrada en el reconocimiento de las diversas identidades étnico-culturales dentro del contexto constitucional y normativo del sistema democrático. 9 Ambos caminos expresan diferencias culturales y normativas que han reproducido un clivaje político que el sistema político ha empezado a resolver de manera democrática. Esta tarea es de dimensiones históricas en la medida en que lo que está en juego es una enorme empresa de conciliación y complementación de dos concepciones diversas de organización política que, a mi criterio, pueden convivir en el ámbito local y municipal. Semejante desafío se nutre paradójicamente de la fuerza social y política del MAS y el MIP como movimientos identitarios, es decir, movimientos basados en el principio de identidades étnicas cuya lógica de acción política y movilización es la "demarcación étnica de límites" (Eder 2001: 202). Por esto, los movimientos identitarios utilizan políticamente códigos discursivos que tienen como objetivo defender una identidad colectiva propia y sobre esta base refundar el sistema político. Entre estos códigos están principalmente la democracia del ayllu, la lengua, las tradiciones ancestrales, la hoja de coca como símbolo culturales, la apropiación y el control integral de "territorios originarios", la recuperación de un pasado indígena considerado una época de oro.

Pero, a mi modo de ver, la acción política basada en principios de identidad étnico- culturales no escapa a lógicas ambiguas que pueden ser incompatibles. En primer lugar, se puede constatar una "lógica defensiva" contra procesos de modernización y globalización que ha amenazado de varias formas las formas de vida y organización de las colectividades indígenas. En segundo lugar, tras la acción política identitaria subyace también una lógica cuyos efectos pueden ser devastadores en el plano político-estatal si se rechaza de plano estructuras políticas de mediación poniendo en práctica la pretensión utópica de generalizar las estructuras comunitarias del ayllu como forma de organización estatal. Por último, subyace también tras política de defensa de la identidad una lógica pragmática, al parecer predominante en muchos grupos de dirigentes indígenas, que sirve para legitimar acciones organizadas en torno a demandas e intereses específicos que se insertan en una política de integración multicultural diferenciada y no de autonomía política: acceso a la tierra y a mercados para sus productos, caminos, salud, educación, etc. En otros términos, no se ponen todos los huevos en una canasta y los códigos discursivos son utilizados en diversas estrategias para que el Estado y la sociedad no-indígena reconozcan los intereses y las identidades colectivas indígenas.

Finalmente, el cuarto efecto importante de las elecciones tiene que ver con una significativa redistribución territorial y regionalización del voto. Aunque el MNR y, en menor medida, el MIR son partidos con proyección nacional, ha surgido, como nunca antes, una geografía electoral por la cual la representación política se ha fracturado territorialmente en dos grandes regiones. La expresión más contundente de esta fractura es, por una parte, el triunfo del MAS por mayoría relativa en cuatro de los cinco departamentos donde está concentrada la población indígena y donde la volatilidad electoral fue particularmente alta en el pasado (La Paz, Oruro, Cochabamba y Potosí) y, por otra parte, la victoria del MNR también por mayoría relativa en los departamentos orientales y amazónicos (Santa, Cruz, Beni y Pando) y el triunfo aislado del MIR en Tarija. Por lo tanto, la volatilidad electoral se ha manifestado de manera notoria en una abrupta redistribución territorial del voto. Cabe suponer, por ejemplo, que en el departamento de La Paz los sectores que votaron en elecciones pasadas por CONDEPA, decidieron ahora su voto por el MAS y el MIP que conquistaron juntos 15 de los 34 escaños adjudicados al departamento (Anexo: Tabla 4).

Por consiguiente, las elecciones de 2002 han dado lugar a un sistema de partidos en el cual los partidos tienen una desigual fuerza y presencia regional; 10 fenómeno que ha sido favorecido por dos razones principales. En primer lugar, el sistema electoral de doble distrito refuerza la territorialización del voto en torno a partidos o movimientos que tienen bastiones electorales locales y/o regionales; en segundo lugar, la elección por nueve distritos departamentales con sistemas electorales distintos para la elección de diputados y senadores ha creado una extraordinaria desproporcionalidad territorial del voto -o "malapportionment" en la terminología de los estudios electorales- que es de las más altas en Latinoamérica y en el mundo (Samuels and Snyder 2001). Es decir, el principio de la igualdad del voto ha sido vulnerado porque el voto de un ciudadano en Pando vale mucho más que en La Paz o en Santa Cruz. Por ejemplo, en las elecciones de 2002, para elegir un diputado plurinominal en Pando se necesitaron 3.270 votos y en La Paz 28.377 votos. Este es un problema que exige una nueva redistribución del número de diputados por departamento de acuerdo al crecimiento demográfico o la creación de un distrito nacional para la elección de diputados por listas partidarias.

 
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