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América Latina: Balance Electoral 2002

Por Daniel Zovatto y Julio Burdman1

INTRODUCCIÓN

Antes de entrar en el análisis de los procesos electorales celebrados en América Latina en 2002, vale destacar la situación históricamente singular que ha caracterizado a la región desde el inicio de la Tercera Ola democrática. América Latina vive, desde hace 25 años, el proceso de democratización más largo y profundo de su historia. Pese a la diversidad alcanzada por la democracia en desarrollo y calidad, la región es protagonista del avance más importante de las libertades ciudadanas en muchos años2 . El contexto histórico, las experiencias nacionales y las circunstancias internacionales han determinado que, de allí a esta parte, no exista ninguna alternativa a la democracia. Cualquier régimen con perspectivas de viabilidad tiene que celebrar elecciones y declararse democrático: debe institucionalizar la política, dar ciertas garantías de protección de los derechos humanos, mantener un sistema judicial, asegurar la competencia partidaria, velar por la libertad de expresión, es decir, introducir elementos de la democracia ausentes en los regímenes autoritarios.

Nunca antes hubo tantos regímenes democráticamente electos ni tantas transiciones democráticas. Esto no implica, sin embargo, una satisfacción total con la democracia; por el contrario, aun cuando la democracia está más firmemente establecida, la población se muestra decepcionada por los resultados económicos y sociales. Como bien destaca el Informe de Desarrollo Humano del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD)3 , muchos se comprometieron con la lucha democrática con la esperanza de mayor justicia social, de mayor participación política y de la solución pacífica a los conflictos violentos. Y, con razón o sin ella, esperaban que la democracia trajera consigo más desarrollo. Hoy, dos décadas más tarde, en demasiados países vemos que la democracia no ha mejorado la vida de la gente común.

Los avances en materia de democratización ni han sido homogéneos ni han sido acompañados por mejorías importantes en la calidad de vida de los ciudadanos. Si bien el desarrollo político era indispensable, no era suficiente para asegurar la estabilidad política en nuestros países. A él debía sumarse el desarrollo económico, a fin de que el sistema tuviese el equilibrio necesario para satisfacer las expectativas de la ciudadanía. La realidad de América Latina muestra que todos los países, aunque en grado diverso, enfrentan importantes limitaciones y carencias, y por tanto desafíos, en materia económica y social, cuya persistencia torna precaria la vida democrática y amenaza la estabilidad y la gobernabilidad.

El desencanto con la política, reflejado una y otra vez en las encuestas realizadas en América Latina, parece estar determinado por profundas raíces ligadas al desempeño económico y social, que de una manera u otra no se traduce en un entorno de crecientes oportunidades y bienestar. El resultado: apatía, alejamiento respecto de la política y sus instituciones representativas, y pérdida de confianza en ella como mecanismo de resolución de los asuntos de interés público.

Pese a ello, el proceso democratizador ha seguido adelante, aunque con límites difíciles de superar. Las encuestas de opinión y los estudios cualitativos indican que los gobiernos y las principales instituciones de representación democrática se desgastan rápidamente. Frente a este análisis, cabe preguntarse porqué y cómo sobreviven las democracias en América Latina ¿Por qué no se reabre el ciclo democracia-autoritarismo?

Algunos estudiosos indican que la clave para explicar la continuidad de la democracia no es su propio mérito, sino la falta de actores decididos a erigir otro sistema político; así, la perseverancia de la democracia en América Latina se produce no como proceso endógeno y como resultado de su mayor legitimidad, sino como proceso definido externamente por la falta de actores expresamente en su contra4 . Otros argumentos, más optimistas, indican que, pese a sus deficiencias y limitaciones, la democracia es el mejor sistema político que existe, y que, aunque en sí misma no garantice una mayor justicia social, un más rápido crecimiento económico o una mayor estabilidad social y política, los vínculos entre democracia y desarrollo humano pueden ser fuertes, y en casi todos los países es necesario robustecerlos5 .

El déficit democrático que enfrenta la región (si bien con diferencias importantes entre los países), unido a un difícil contexto económico y social y al hecho de que, pese a sus reformas y avances, continúa presentando niveles de crecimiento económico bajos y volátiles, aunados con altos porcentajes de pobreza (40%) y de distribución desigual de la riqueza (la peor en el mundo), ha generado una creciente preocupación por la salud política de América Latina en términos de la profundización, consolidación y perdurabilidad de la democracia. Si bien las pasadas dos décadas vieron el fin de los regímenes autoritarios en uno y otro país, y la expansión de la democracia constituyó un acontecimiento extraordinario que trajo consigo beneficios de suma importancia para los ciudadanos, en los albores del nuevo milenio, la celebración por la universalización de la democracia ha sido reemplazada con una perspectiva más sobria, concentrada en los serios desafíos sociales, económicos y políticos que enfrentan los países latinoamericanos.

(*) Los autores agradecen a Silvia Pizarro e Ileana Aguilar su colaboración en la elaboración de este artículo. Asimismo, expresan su gratitud y reconocimiento a los académicos que contribuyeron con sus observaciones y recomendaciones en los análisis nacionales y al documento en general: Jorge Lazarte y René Mayorga (Bolivia); Bruno Speck (Brasil); Jorge Rovira (Costa Rica); Humberto de la Calle y Gabriel Murillo (Colombia); Rosa Marina Zelaya (Nicaragua); Fernando Tuesta y Rafael Roncagliolo (Perú); Isis Duarte (República Dominicana); Juan Rial, Félix Ulloa y Oscar Fernández.