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Biblioteca: El giro anti-mercado en América Latina
por Julio Burdman.
Director del Observatorio Electoral Latinoamericano
INDICE
El giro anti-mercado en América Latina

Los últimos procesos electorales en América del Sur han visto el crecimiento de movimientos políticos opuestos a las reformas económicas pro-mercado que se realizaron en la mayor parte de la región durante los noventa. Y al mismo tiempo, la fractura de las coaliciones políticas que promovieron dichas reformas. El 30 de junio, en Bolivia, el indigenista Evo Morales sorprendía en el segundo lugar y muchos piensan que hubiera sido el primero de haberse aliado con Felipe Quispe en primera vuelta. En Brasil, Lula da Silva logra una amplia victoria en la carrera por la presidencia, convirtiéndose en el primer líder obrero que accede al poder de la historia sudamericana. En Ecuador, el coronel nacionalista Lucio Gutiérrez alcanza el primer lugar en la elección presidencial. Otros países que se preparan para la sucesión del gobierno, como Argentina y Paraguay, tienen candidatos populistas e impredecibles liderando sus preferencias electorales.

Ante estos datos, muchos interpretan que no es que los movimientos anti-mercado hayan aumentado sus niveles de apoyo, sino que son las coaliciones pro-mercado las que se han derrumbado en todos estos países. Otros advierten que, en realidad, quienes han implementado las reformas de mercado en los noventa han sido los antiguos populismos, y que lo que está cambiando no es la política interna sino el signo de los tiempos mundiales. Hay algo de cierto en ambos análisis, pero ninguno por sí solo parece explicar todo el fenómeno.

En todo caso, lo que sí es evidente es que los movimientos anti-mercado (populistas, estatistas, nacionalistas, impredecibles o predispuestos a confrontar con los mercados internacionales) parecen cada vez más próximos a acceder al poder, como ocurriera durante buena parte del siglo XX. Y que éste es un giro que se registra en los países de América del Sur

Al Norte y al Sur del Canal de Panamá

Al norte del Canal de Panamá, la situación no es la misma. Todos las democracias de América Central, incluyendo a México en este grupo, tienen presidentes conservadores –más o menos populistas, según el caso-, con excepción de República Dominicana, gobernada por el socialdemócrata moderado Hipólito Mejía. Esta tendencia se ratifica en los comicios presidenciales recientes en Nicaragua (noviembre de 2001), Honduras (noviembre de 2001) y Costa Rica (marzo de 2002). Asimismo, como han destacado varios analistas, en todos los países centroamericanos la política pareciera haberse corrido al centro, inclusive en países antes muy polarizados como Nicaragua (donde el sandinismo ahora incorpora la economía de mercado en su plataforma) y El Salvador; aún cuando las instituciones evolucionen a paso lento y no todos crean que este grado de civilidad política vaya a durar por siempre.

Estas diferencias que surgen de la realidad político-electoral, se ven también reflejadas en las preferencias pro-mercado de la opinión pública. Así lo muestran los resultados del Latinobarómetro 2002, la encuesta latinoamericana sobre política y economía que dirige anualmente Marta Lagos desde Chile.

Respecto de la satisfacción con el funcionamiento de la economía de mercado, son los países al norte del Canal de Panamá donde éste es más alto.

SATISFACCIÓN CON EL FUNCIONAMIENTO DE LA ECONOMIA DE MERCADO

País %
Costa Rica 53
Honduras 47
Nicaragua 46
Panamá 36
El Salvador 35
México 34
Guatemala 30
Brasil 28
Venezuela 23
Chile 19
Bolivia 16
Ecuador 12
Colombia 11
Uruguay 10
Perú 9
Paraguay 7
Argentina 2
Fuente: Latinobarómetro 2002 (18.500 casos en 17 países latinoamericanos, Agosto 2002).
Pregunta: ¿está Ud. muy sastisfecho, más bien satisfecho, poco satisfecho o nada satisfecho
con el funcionamiento de la economía de mercado en su país?
Aquí sumamos a quienes dicen “muy satisfecho” y “más bien satisfecho”.

El caso de Argentina, país sumido en una crisis estructural que la mayor parte de sus habitantes atribuye a las reformas pro-mercado de los noventa, la insatisfacción es casi total: solo 2% se considera satisfecho con la misma. El promedio de América Latina es de 24% de satisfacción; al norte del Canal alcanza al 42%, y al sur sólo 17%.

SATISFACCIÓN CON EL FUNCIONAMIENTO DE LA ECONOMIA DE MERCADO: DOS LATINOAMERICAS

Total América Latina 24
América Central 42
América del Sur 17
Argentina 2

La misma evaluación sobre el funcionamiento negativo de la economía de mercado en América del Sur, se traslada a la valoración de la economía de mercado como sistema económico. Respecto de la conveniencia de la economía de mercado, aunque la diferencia en este caso no es tan fuerte, se mantiene el perfil diferenciado.

CONVENIENCIA DE LA ECONOMIA DE MERCADO

País %
Nicaragua 77
Paraguay 72
Costa Rica 70
Guatemala 68
México 66
Honduras 66
Venezuela 62
Panamá 57
Colombia 56
Brasil 56
Bolivia 56
El Salvador 55
Ecuador 54
Perú 49
Chile 48
Argentina 43
Uruguay 35
Fuente: Latinobarómetro 2002 (18.500 casos en 17 países latinoamericanos, Agosto).
Pregunta: ¿está Ud. muy de acuerdo, de acuerdo, en desacuerdo, muy en desacuerdo
con la siguiente frase: “la economía de mercado es lo más conveniente para el país”?
Aquí sumamos a quienes dicen “muy de acuerdo” y “de acuerdo”.

Total América Latina 57
América Central 66
América del Sur 53
Argentina 43

Una buena explicación de esta diferencia exige un análisis más detallado. Sin dudas, hay dos factores clave y relacionados entre sí: el crecimiento económico y la relación con Estados Unidos. Al norte del Canal de Panamá los países están cada vez más integrados a la economía norteamericana y crecen moderadamente, mientras que al sur la integración es cada vez menor, no crecen o están sumidos en crisis profundas. Nótese que la adhesión a la economía de mercado es mayor en los países donde los partidos políticos principales no se oponen a ella, independientemente del éxito económico; las ideas políticas no son algo menor.

El nuevo nacionalismo en América del Sur

Los países de América del Sur no son todos iguales, ni tampoco lo son sus problemas. Pero conflictos tan dispares como la dependencia petrolera venezolana, la división regional ecuatoriana o la interna del peronismo argentino, sin embargo pueden confluir en respuestas similares.

Pocas regiones en el mundo han sido tan sensibles al contagio político como América del Sur: unas tras otras, oleadas de golpes militares, democratizaciones o reeleccionismos se han diseminado a lo largo del continente. Cada uno de estos casos merece una explicación aparte, pero el contagio político no es casual. Es que cuando un fenómeno político se consolida en un país, y demuestra ser (ante la mirada del presente) una alternativa viable a una situación de crisis, aumenta la probabilidad de que se repita en otro país en crisis (aunque esta segunda crisis tenga un origen diferente). De esta forma, la región parece elegir el giro anti-mercado como respuesta a la crisis que la afecta.

Los movimientos no son todos iguales, pero hay elementos comunes. Algunos tienen elementos populistas, con liderazgos carismáticos –casi siempre militares- y pueblos movilizados que “conquistan el poder”. El populismo, en ese sentido, supone un bajo institucionalismo. En otros casos, estos movimientos incluyen a las antiguas fuerzas de izquierda (socialistas, comunistas), y en algunos países (re)incorporan el factor indigenista como reivindicación “antisistema”. En otros casos, se trata del crecimiento de antiguos movimientos laboristas o de izquierda, más orgánicos y más respetuosos de lo institucional que los nuevos caudillismos. En la gran mayoría de los casos, se presentan a sí mismos como la “antipolítica”, identificando al reformismo económico de los noventa con un sistema político corrupto.

Pero el denominador común de todos ellos, la crítica contra el neoliberalismo y la globalización, parece ir acompañado por una visión nacionalista. Un nuevo nacionalismo que sostiene, abierta o implícitamente, que las privatizaciones y las reformas económicas de los noventa, a las que responsabilizan por la crisis y los problemas de cada país, son un fenómeno originado en el extranjero (los organismos internacionales, las empresas multinacionales, los Estados Unidos, el “Consenso de Washington”).

En Venezuela, el chavismo logra un importante impacto a nivel continental. El Tte. Coronel Chávez , quien encabezara un golpe militar de corte nacionalista en 1992, accede a la Presidencia por vía electoral en el contexto del derrumbe de los partidos tradicionales y de un cambio profundo en el sistema político venezolano. Entonces se consideraba a Chávez como un nacionalista de extrema derecha, vinculado al movimiento carapintada argentino y a ideólogos neofascistas en Venezuela y el exterior. Pero esa catalogación cambió cuando comienza su acercamiento a los partidos de izquierda en los noventa. En términos políticos, es un movimentista revolucionario, ya que a partir de su movimiento bolivariano –y no desde el consenso de sectores diversos- busca la creación de un nuevo sistema político alrededor de una nueva hegemonía: la del Movimiento Quinta República. Gana las elecciones en 1999 con un encendido discurso antinorteamericano y estatista, reivindica su identidad militar para seducir a los partidarios del orden, y en la primera etapa de su gobierno, aprovechando un gran apoyo popular, introduce una serie de modificaciones constitucionales que le permiten acumular mucho poder y facultades discrecionales a su movimiento, razón por la cual se considera que su respeto por lo institucional ha sido bajo. El movimentismo populista es una característica saliente de su gobierno, pero en materia de política económica no introdujo grandes modificaciones ni redistribución populista. Su nacionalismo confrontacional ha sido alto a nivel simbólico pero sin giros relevantes de política; más bien, ha relegitimado el estatismo venezolano y la propiedad estatal de la economía petrolera.

En Bolivia, por su parte, el movimiento cocalero que lidera Evo Morales (afín al movimiento campesino indigenista de Felipe Quispe) alcanza el segundo lugar en las elecciones presidenciales de junio de 2002, con una propuesta radicalizada que mezcla elementos indigenistas, campesinos y sindicalistas. La figura de Evo Morales es constitutiva del movimiento, pero éste no depende de su liderazgo. Su prédica es la de un cambio revolucionario en el sistema económico, político y social boliviano, y de alta confrontación con los Estados Unidos (país que impulsa enérgicamente la política de erradicación de la coca en Cochabamba), llegando a confrontar públicamente con el Embajador norteamericano. Evo Morales lidera un movimiento de alta radicalización ideológica, aunque el elemento indigenista es importante para entender su éxito electoral.

En Ecuador, también el indigenismo juega un papel muy importante en el ascenso electoral del coronel Lucio Gutiérrez, quien como Chávez también conduciera un golpe militar de corte nacionalista, con el apoyo movilizacional de las organizaciones indigenistas. El golpe del que participa Gutiérrez, a diferencia del de Chávez, fue exitoso, y el coronel nacionalista llega a liderar la breve Junta de Salvación Nacional. Como los anteriores, erige su discurso alrededor del anti-neoliberalismo y el repudio a los Estados Unidos y la dolarización, y en la reivindicación de un nacionalismo militar-populista como el de Velasco Alvarado. En las elecciones de octubre de 2002, de dispersión electoral, como candidato del Movimiento Sociedad Patriótica se ubica en el primer lugar con el 20% de los votos, y tiene altas probabilidades de imponerse en el ballotage si consolida una alianza con la izquierda tradicional ecuatoriana.

En Argentina, gobernada actualmente por la administración transitoria de Eduardo Duhalde tras la caída del presidente Fernando de la Rúa, en el contexto de una grave crisis político-económica que estalla en diciembre de 2001, el peronista Adolfo Rodríguez Saá lidera las encuestas con vistas a las elecciones de marzo de 2003. Su candidatura y su liderazgo son heterogéneos, pero con el elemento común del anti-neoliberalismo y el discurso nacionalista-populista. Al incluir en su movimiento a Aldo Rico, ex teniente coronel nacionalista afín a los discursos de Chávez y Gutiérrez, suele asociarse su fenómeno al de Chávez.

LOS NUEVOS NACIONALISMOS SUDAMERICANOS

Los más nuevos: más personalistas

Referente Institucionalismo ¿Caudillismo? ¿Discurso antiEEUU? ¿Alianza con izquierda? ¿Componente militar?
A.Rodríguez Saá(Argentina) Bajo Alto Medio / alto ¿? Medio
Evo Morales(Bolivia) Medio / Bajo Medio Alto Si No
Lucio Gutierrez(Ecuador) Bajo Alto Alto Si Alto
Lino Oviedo(Paraguay) Muy bajo Muy alto Bajo No relevante Alto
Hugo Chávez(Venezuela) Medio / bajo Alto Medio / alto Si Alto

Los más antiguos: más orgánicos

Referente Institucionalismo ¿Caudillismo? ¿Discurso antiEEUU? ¿Alianza con izquierda? ¿Componente militar?
PT / Lula(Brasil) Medio Bajo Medio / bajo Si No
APRA(Perú) Medio / bajo Medio Medio / alto Si No
Frente Amplio(Uruguay) Medio / alto No Medio / alto Si No

En Paraguay, el fenómeno del oviedismo también se destaca por su heterogeneidad, y las dudas sobre si un eventual gobierno suyo se correspondería con el encendimiento de su discurso son aún mayores que en el caso de Rodríguez Saá. El general Oviedo se asemeja en más de un sentido con el personalismo tradicional que ha caracterizado la política paraguaya durante casi un siglo, pero se distingue por su prédica más populista y estatista, su ascendiente entre el campesinado, su nacionalismo guaraní y cierto tono crítico hacia los Estados Unidos, país al que por momentos acusa de conspirar en contra de él y su movimiento popular. Estos elementos también conviven con su identidad militar autoritaria y su filiación colorada, lo que lo hace aún más heterogéneo y difuso. Según muchas encuestas e impresiones, si Oviedo pudiera ser candidato ganaría las elecciones de abril de 2003, aunque eso parece hoy improbable.

Otros movimientos más tradicionales y orgánicos de la izquierda política sudamericana, como el PT en Brasil –que se impone en las elecciones presidenciales de octubre-, el Frente Amplio en Uruguay –hoy convertido en la principal fuerza política del país- y el APRA en Perú –segundo en las elecciones presidenciales de 2001, líder de la oposición y con creciente apoyo de la opinión pública- también se han visto beneficiados por el giro anti-mercado en la región y comparten, en términos generales, un diagnóstico anti-neoliberal sobre las causas de los problemas nacionales, y altas probabilidades de acceder al poder. El mayor institucionalismo de estas fuerzas en comparación con las antes descriptas implican también una mayor moderación del discurso nacionalista y populista, y a su vez un compromiso mayor con los posicionamientos políticos adoptados.

Conclusiones

Una ráfaga “neonacionalista” parece apoderarse de la región. Un nuevo nacionalismo y en versión latinoamericana. Muy distinto del viejo nacionalismo europeo, caracterizado por fanfarrias militares y odio al vecino, y aún del antiguo nacionalismo conservador latinoamericano de la Guerra Fría.

El nuevo nacionalismo toma forma a partir del diagnóstico común de que los males económicos y sociales de la América latina tienen su orígen en la globalización, los organismos multilaterales y los Estados Unidos, y la relación de todos ellos con las reformas pro-mercado de los noventa (el “Consenso de Washington”). De esta visión creciente se benefician movimientos laboristas de trayectoria, como el PT brasileño, el Frente Amplio uruguayo y el Aprismo peruano, y nuevos caudillismos nacionalistas con poco respeto por las instituciones democráticas. En algunos casos, este nuevo movimiento tiene fuertes elementos indigenistas –particularmente en la Región Andina, y recoge y mezcla viejas tradiciones políticas antes contrapuestas, como el catolicismo de liberación, el guevarismo y el carapintadismo.

Este fenómeno político merece algunas observaciones, para seguir investigando en el futuro:

  1. Sociedad: Más allá de la cuestión cultural (México y Centroamérica, a diferencia de la América del Sur, tienen una historia muy estrecha con respecto a “los gringos”), lo cierto es que en América latina en términos políticos el antinorteamericanismo es mayor allí donde la influencia norteamericana es menor. Eso es algo curioso, desde la idea del nacionalismo como una función de la influencia externa. El sociólogo francés Alain Touraine, en su reflexión sobre la debilidad institucional de los países latinoamericanos, advierte no sólo acerca de la incapacidad de respetar las instituciones desde arriba (desde el gobierno), sino también a la incapacidad de resolver conflictos políticos desde abajo (en la sociedad) a través del disenso dentro de las instituciones. Siguiendo esta idea, la reacción “neo-nacionalista” parece ser una forma inmadura e irracional, o anti-institucional, de una parte de la sociedad sudamericana de cerrar el ciclo político pro-mercado que caracterizó a los noventa: las reformas económicas fueron elegidas y votadas en Sudamérica, no en Estados Unidos, y son un fenómeno genuino, legítimo e interno de la historia sudamericana.
  2. Izquierda – derecha: Conviene ser cuidadoso sobre el significado de izquierda y derecha en la Sudamérica contemporánea. Desde el análisis político, hablar de izquierda y derecha es un concepto útil: el centro es siempre el punto medio (en la Unión Soviética, Brezhnev era “centrista”). Pero no nos sirve para comparar países. Desde el análisis económico, es un concepto cada vez más confuso y limitado a los países centrales: izquierda significa mayor gasto público para financiar la seguridad social (y favorecer a los sectores más desprotegidos), y derecha más reducción del estado para elevar la propiedad privada (y favorecer a los empresarios más poderosos). Este concepto socio-económico de la izquierda y la derecha mostró siempre limitaciones y polémicas a la hora de clasificar a los movimientos políticos nacionales (como el peronismo o el fascismo) y particularmente en la historia política sudamericana. Por su parte, Rothbard proponía recuperar los conceptos de izquierda y derecha del siglo XVIII: la derecha como la defensa de los poderes corporativos del Estado absolutista y feudal, y la izquierda como el ataque de esos poderes en defensa de la libertad de los ciudadanos (Rothbard hubiera dicho que Chávez y Castro son los líderes de la derecha en sus respectivos países).
  3. Riesgos: En política es imperativo distinguir entre el discurso y la acción. Particularmente cuando hablamos de nacionalismo. Por un lado, a diferencia de otros períodos nacionalistas de la historia latinoamericana, en los tiempos que corren la confrontación con los centros de poder mundial y el cierre de las economías nacionales no parecen opciones sencillas; por el otro, hay que recordar que esas lógicas y racionalidades que impone el mundo sólo tienen sentido cuando los países son conducidos por democracias modernas con instituciones fuertes. Chávez, por ejemplo, llegó al poder con un discurso de alto tono nacionalista y estatista, aunque las innovaciones de su gobierno en ese sentido no han sido tantas, más allá de un mayor intervencionismo en la fijación de precios agrícolas y los salarios. En todo caso, el nacionalismo chavista ha funcionado como un instrumento de “relegitimación” del estatismo venezolano, tal vez el más fuerte de la región con excepción de Cuba por el control de la economía del petróleo. Pero lo que sí ha hecho el chavismo en Venezuela, es reforzar los poderes discrecionales del Estado para eventualmente intervenir en todos los aspectos de la vida económica a través de las secciones 3.7 y 6 de su Constitución Bolivariana. Los riesgos de este nuevo nacionalismo no parecen ser los del viejo nacionalismo: expropiaciones, nacionalizaciones de bancos y empresas, y carreras armamentismas. Más bien, parecen ser el del gasto público irresponsable para financiar el populismo, y el incremento de los riesgos políticos sobre los contratos y la propiedad, destruyendo la institucionalidad.
  4. Oportunidades: Hemos visto que este giro anti-mercado ha beneficiado tanto a nuevos liderazgos caudillistas y nacionalistas, como el de Chávez, y a antiguos movimientos laboristas como el PT o el Frente Amplio. Ambas corrientes tienen puntos en común y también importantes diferencias. La oportunidad para América del Sur sería que estas diferencias se profundicen en el curso de los próximos años, profundizando el institucionalismo y minimizando los componentes populistas de la izquierda. Lula, en ese sentido, tiene en sus manos una gran responsabilidad. No sólo impediríamos que el efecto contagio de un nuevo nacionalismo irracional se extienda, condenando a la región a otro ostracismo, sino que avanzaríamos hacia que el respeto de las instituciones, los principios básicos de la economía de mercado y la política exterior en función del interés nacional del crecimiento económico se conviertan en políticas de Estado continentales.
  5. Los últimos procesos electorales en América del Sur han visto el crecimiento de movimientos políticos opuestos a las reformas económicas pro-mercado que se realizaron en la mayor parte de la región durante los noventa. Y al mismo tiempo, la fractura de las coaliciones políticas que promovieron dichas reformas. El 30 de junio, en Bolivia, el indigenista Evo Morales sorprendía en el segundo lugar y muchos piensan que hubiera sido el primero de haberse aliado con Felipe Quispe en primera vuelta. En Brasil, Lula da Silva logra una amplia victoria en la carrera por la presidencia, convirtiéndose en el primer líder obrero que accede al poder de la historia sudamericana. En Ecuador, el coronel nacionalista Lucio Gutiérrez alcanza el primer lugar en la elección presidencial. Otros países que se preparan para la sucesión del gobierno, como Argentina y Paraguay, tienen candidatos populistas e impredecibles liderando sus preferencias electorales.

    Ante estos datos, muchos interpretan que no es que los movimientos anti-mercado hayan aumentado sus niveles de apoyo, sino que son las coaliciones pro-mercado las que se han derrumbado en todos estos países. Otros advierten que, en realidad, quienes han implementado las reformas de mercado en los noventa han sido los antiguos populismos, y que lo que está cambiando no es la política interna sino el signo de los tiempos mundiales. Hay algo de cierto en ambos análisis, pero ninguno por sí solo parece explicar todo el fenómeno.

    En todo caso, lo que sí es evidente es que los movimientos anti-mercado (populistas, estatistas, nacionalistas, impredecibles o predispuestos a confrontar con los mercados internacionales) parecen cada vez más próximos a acceder al poder, como ocurriera durante buena parte del siglo XX. Y que éste es un giro que se registra en los países de América del Sur

    Al Norte y al Sur del Canal de Panamá

    Al norte del Canal de Panamá, la situación no es la misma. Todos las democracias de América Central, incluyendo a México en este grupo, tienen presidentes conservadores –más o menos populistas, según el caso-, con excepción de República Dominicana, gobernada por el socialdemócrata moderado Hipólito Mejía. Esta tendencia se ratifica en los comicios presidenciales recientes en Nicaragua (noviembre de 2001), Honduras (noviembre de 2001) y Costa Rica (marzo de 2002). Asimismo, como han destacado varios analistas, en todos los países centroamericanos la política pareciera haberse corrido al centro, inclusive en países antes muy polarizados como Nicaragua (donde el sandinismo ahora incorpora la economía de mercado en su plataforma) y El Salvador; aún cuando las instituciones evolucionen a paso lento y no todos crean que este grado de civilidad política vaya a durar por siempre.

    Estas diferencias que surgen de la realidad político-electoral, se ven también reflejadas en las preferencias pro-mercado de la opinión pública. Así lo muestran los resultados del Latinobarómetro 2002, la encuesta latinoamericana sobre política y economía que dirige anualmente Marta Lagos desde Chile.

    Respecto de la satisfacción con el funcionamiento de la economía de mercado, son los países al norte del Canal de Panamá donde éste es más alto.

    SATISFACCIÓN CON EL FUNCIONAMIENTO DE LA ECONOMIA DE MERCADO

    País %
    Costa Rica 53
    Honduras 47
    Nicaragua 46
    Panamá 36
    El Salvador 35
    México 34
    Guatemala 30
    Brasil 28
    Venezuela 23
    Chile 19
    Bolivia 16
    Ecuador 12
    Colombia 11
    Uruguay 10
    Perú 9
    Paraguay 7
    Argentina 2
    Fuente: Latinobarómetro 2002 (18.500 casos en 17 países latinoamericanos, Agosto 2002).
    Pregunta: ¿está Ud. muy sastisfecho, más bien satisfecho, poco satisfecho o nada satisfecho
    con el funcionamiento de la economía de mercado en su país?
    Aquí sumamos a quienes dicen “muy satisfecho” y “más bien satisfecho”.

    El caso de Argentina, país sumido en una crisis estructural que la mayor parte de sus habitantes atribuye a las reformas pro-mercado de los noventa, la insatisfacción es casi total: solo 2% se considera satisfecho con la misma. El promedio de América Latina es de 24% de satisfacción; al norte del Canal alcanza al 42%, y al sur sólo 17%.

    SATISFACCIÓN CON EL FUNCIONAMIENTO DE LA ECONOMIA DE MERCADO: DOS LATINOAMERICAS

    Total América Latina 24
    América Central 42
    América del Sur 17
    Argentina 2

    La misma evaluación sobre el funcionamiento negativo de la economía de mercado en América del Sur, se traslada a la valoración de la economía de mercado como sistema económico. Respecto de la conveniencia de la economía de mercado, aunque la diferencia en este caso no es tan fuerte, se mantiene el perfil diferenciado.

    CONVENIENCIA DE LA ECONOMIA DE MERCADO

    País %
    Nicaragua 77
    Paraguay 72
    Costa Rica 70
    Guatemala 68
    México 66
    Honduras 66
    Venezuela 62
    Panamá 57
    Colombia 56
    Brasil 56
    Bolivia 56
    El Salvador 55
    Ecuador 54
    Perú 49
    Chile 48
    Argentina 43
    Uruguay 35
    Fuente: Latinobarómetro 2002 (18.500 casos en 17 países latinoamericanos, Agosto).
    Pregunta: ¿está Ud. muy de acuerdo, de acuerdo, en desacuerdo, muy en desacuerdo
    con la siguiente frase: “la economía de mercado es lo más conveniente para el país”?
    Aquí sumamos a quienes dicen “muy de acuerdo” y “de acuerdo”.

    Total América Latina 57
    América Central 66
    América del Sur 53
    Argentina 43

    Una buena explicación de esta diferencia exige un análisis más detallado. Sin dudas, hay dos factores clave y relacionados entre sí: el crecimiento económico y la relación con Estados Unidos. Al norte del Canal de Panamá los países están cada vez más integrados a la economía norteamericana y crecen moderadamente, mientras que al sur la integración es cada vez menor, no crecen o están sumidos en crisis profundas. Nótese que la adhesión a la economía de mercado es mayor en los países donde los partidos políticos principales no se oponen a ella, independientemente del éxito económico; las ideas políticas no son algo menor.

    El nuevo nacionalismo en América del Sur

    Los países de América del Sur no son todos iguales, ni tampoco lo son sus problemas. Pero conflictos tan dispares como la dependencia petrolera venezolana, la división regional ecuatoriana o la interna del peronismo argentino, sin embargo pueden confluir en respuestas similares.

    Pocas regiones en el mundo han sido tan sensibles al contagio político como América del Sur: unas tras otras, oleadas de golpes militares, democratizaciones o reeleccionismos se han diseminado a lo largo del continente. Cada uno de estos casos merece una explicación aparte, pero el contagio político no es casual. Es que cuando un fenómeno político se consolida en un país, y demuestra ser (ante la mirada del presente) una alternativa viable a una situación de crisis, aumenta la probabilidad de que se repita en otro país en crisis (aunque esta segunda crisis tenga un origen diferente). De esta forma, la región parece elegir el giro anti-mercado como respuesta a la crisis que la afecta.

    Los movimientos no son todos iguales, pero hay elementos comunes. Algunos tienen elementos populistas, con liderazgos carismáticos –casi siempre militares- y pueblos movilizados que “conquistan el poder”. El populismo, en ese sentido, supone un bajo institucionalismo. En otros casos, estos movimientos incluyen a las antiguas fuerzas de izquierda (socialistas, comunistas), y en algunos países (re)incorporan el factor indigenista como reivindicación “antisistema”. En otros casos, se trata del crecimiento de antiguos movimientos laboristas o de izquierda, más orgánicos y más respetuosos de lo institucional que los nuevos caudillismos. En la gran mayoría de los casos, se presentan a sí mismos como la “antipolítica”, identificando al reformismo económico de los noventa con un sistema político corrupto.

    Pero el denominador común de todos ellos, la crítica contra el neoliberalismo y la globalización, parece ir acompañado por una visión nacionalista. Un nuevo nacionalismo que sostiene, abierta o implícitamente, que las privatizaciones y las reformas económicas de los noventa, a las que responsabilizan por la crisis y los problemas de cada país, son un fenómeno originado en el extranjero (los organismos internacionales, las empresas multinacionales, los Estados Unidos, el “Consenso de Washington”).

    En Venezuela, el chavismo logra un importante impacto a nivel continental. El Tte. Coronel Chávez , quien encabezara un golpe militar de corte nacionalista en 1992, accede a la Presidencia por vía electoral en el contexto del derrumbe de los partidos tradicionales y de un cambio profundo en el sistema político venezolano. Entonces se consideraba a Chávez como un nacionalista de extrema derecha, vinculado al movimiento carapintada argentino y a ideólogos neofascistas en Venezuela y el exterior. Pero esa catalogación cambió cuando comienza su acercamiento a los partidos de izquierda en los noventa. En términos políticos, es un movimentista revolucionario, ya que a partir de su movimiento bolivariano –y no desde el consenso de sectores diversos- busca la creación de un nuevo sistema político alrededor de una nueva hegemonía: la del Movimiento Quinta República. Gana las elecciones en 1999 con un encendido discurso antinorteamericano y estatista, reivindica su identidad militar para seducir a los partidarios del orden, y en la primera etapa de su gobierno, aprovechando un gran apoyo popular, introduce una serie de modificaciones constitucionales que le permiten acumular mucho poder y facultades discrecionales a su movimiento, razón por la cual se considera que su respeto por lo institucional ha sido bajo. El movimentismo populista es una característica saliente de su gobierno, pero en materia de política económica no introdujo grandes modificaciones ni redistribución populista. Su nacionalismo confrontacional ha sido alto a nivel simbólico pero sin giros relevantes de política; más bien, ha relegitimado el estatismo venezolano y la propiedad estatal de la economía petrolera.

    En Bolivia, por su parte, el movimiento cocalero que lidera Evo Morales (afín al movimiento campesino indigenista de Felipe Quispe) alcanza el segundo lugar en las elecciones presidenciales de junio de 2002, con una propuesta radicalizada que mezcla elementos indigenistas, campesinos y sindicalistas. La figura de Evo Morales es constitutiva del movimiento, pero éste no depende de su liderazgo. Su prédica es la de un cambio revolucionario en el sistema económico, político y social boliviano, y de alta confrontación con los Estados Unidos (país que impulsa enérgicamente la política de erradicación de la coca en Cochabamba), llegando a confrontar públicamente con el Embajador norteamericano. Evo Morales lidera un movimiento de alta radicalización ideológica, aunque el elemento indigenista es importante para entender su éxito electoral.

    En Ecuador, también el indigenismo juega un papel muy importante en el ascenso electoral del coronel Lucio Gutiérrez, quien como Chávez también conduciera un golpe militar de corte nacionalista, con el apoyo movilizacional de las organizaciones indigenistas. El golpe del que participa Gutiérrez, a diferencia del de Chávez, fue exitoso, y el coronel nacionalista llega a liderar la breve Junta de Salvación Nacional. Como los anteriores, erige su discurso alrededor del anti-neoliberalismo y el repudio a los Estados Unidos y la dolarización, y en la reivindicación de un nacionalismo militar-populista como el de Velasco Alvarado. En las elecciones de octubre de 2002, de dispersión electoral, como candidato del Movimiento Sociedad Patriótica se ubica en el primer lugar con el 20% de los votos, y tiene altas probabilidades de imponerse en el ballotage si consolida una alianza con la izquierda tradicional ecuatoriana.

    En Argentina, gobernada actualmente por la administración transitoria de Eduardo Duhalde tras la caída del presidente Fernando de la Rúa, en el contexto de una grave crisis político-económica que estalla en diciembre de 2001, el peronista Adolfo Rodríguez Saá lidera las encuestas con vistas a las elecciones de marzo de 2003. Su candidatura y su liderazgo son heterogéneos, pero con el elemento común del anti-neoliberalismo y el discurso nacionalista-populista. Al incluir en su movimiento a Aldo Rico, ex teniente coronel nacionalista afín a los discursos de Chávez y Gutiérrez, suele asociarse su fenómeno al de Chávez.

    LOS NUEVOS NACIONALISMOS SUDAMERICANOS

    Los más nuevos: más personalistas

    Referente Institucionalismo ¿Caudillismo? ¿Discurso antiEEUU? ¿Alianza con izquierda? ¿Componente militar?
    A.Rodríguez Saá(Argentina) Bajo Alto Medio / alto ¿? Medio
    Evo Morales(Bolivia) Medio / Bajo Medio Alto Si No
    Lucio Gutierrez(Ecuador) Bajo Alto Alto Si Alto
    Lino Oviedo(Paraguay) Muy bajo Muy alto Bajo No relevante Alto
    Hugo Chávez(Venezuela) Medio / bajo Alto Medio / alto Si Alto

    Los más antiguos: más orgánicos

    Referente Institucionalismo ¿Caudillismo? ¿Discurso antiEEUU? ¿Alianza con izquierda? ¿Componente militar?
    PT / Lula(Brasil) Medio Bajo Medio / bajo Si No
    APRA(Perú) Medio / bajo Medio Medio / alto Si No
    Frente Amplio(Uruguay) Medio / alto No Medio / alto Si No

    En Paraguay, el fenómeno del oviedismo también se destaca por su heterogeneidad, y las dudas sobre si un eventual gobierno suyo se correspondería con el encendimiento de su discurso son aún mayores que en el caso de Rodríguez Saá. El general Oviedo se asemeja en más de un sentido con el personalismo tradicional que ha caracterizado la política paraguaya durante casi un siglo, pero se distingue por su prédica más populista y estatista, su ascendiente entre el campesinado, su nacionalismo guaraní y cierto tono crítico hacia los Estados Unidos, país al que por momentos acusa de conspirar en contra de él y su movimiento popular. Estos elementos también conviven con su identidad militar autoritaria y su filiación colorada, lo que lo hace aún más heterogéneo y difuso. Según muchas encuestas e impresiones, si Oviedo pudiera ser candidato ganaría las elecciones de abril de 2003, aunque eso parece hoy improbable.

    Otros movimientos más tradicionales y orgánicos de la izquierda política sudamericana, como el PT en Brasil –que se impone en las elecciones presidenciales de octubre-, el Frente Amplio en Uruguay –hoy convertido en la principal fuerza política del país- y el APRA en Perú –segundo en las elecciones presidenciales de 2001, líder de la oposición y con creciente apoyo de la opinión pública- también se han visto beneficiados por el giro anti-mercado en la región y comparten, en términos generales, un diagnóstico anti-neoliberal sobre las causas de los problemas nacionales, y altas probabilidades de acceder al poder. El mayor institucionalismo de estas fuerzas en comparación con las antes descriptas implican también una mayor moderación del discurso nacionalista y populista, y a su vez un compromiso mayor con los posicionamientos políticos adoptados.

    Conclusiones

    Una ráfaga “neonacionalista” parece apoderarse de la región. Un nuevo nacionalismo y en versión latinoamericana. Muy distinto del viejo nacionalismo europeo, caracterizado por fanfarrias militares y odio al vecino, y aún del antiguo nacionalismo conservador latinoamericano de la Guerra Fría.

    El nuevo nacionalismo toma forma a partir del diagnóstico común de que los males económicos y sociales de la América latina tienen su orígen en la globalización, los organismos multilaterales y los Estados Unidos, y la relación de todos ellos con las reformas pro-mercado de los noventa (el “Consenso de Washington”). De esta visión creciente se benefician movimientos laboristas de trayectoria, como el PT brasileño, el Frente Amplio uruguayo y el Aprismo peruano, y nuevos caudillismos nacionalistas con poco respeto por las instituciones democráticas. En algunos casos, este nuevo movimiento tiene fuertes elementos indigenistas –particularmente en la Región Andina, y recoge y mezcla viejas tradiciones políticas antes contrapuestas, como el catolicismo de liberación, el guevarismo y el carapintadismo.

    Este fenómeno político merece algunas observaciones, para seguir investigando en el futuro:

    1. Sociedad: Más allá de la cuestión cultural (México y Centroamérica, a diferencia de la América del Sur, tienen una historia muy estrecha con respecto a “los gringos”), lo cierto es que en América latina en términos políticos el antinorteamericanismo es mayor allí donde la influencia norteamericana es menor. Eso es algo curioso, desde la idea del nacionalismo como una función de la influencia externa. El sociólogo francés Alain Touraine, en su reflexión sobre la debilidad institucional de los países latinoamericanos, advierte no sólo acerca de la incapacidad de respetar las instituciones desde arriba (desde el gobierno), sino también a la incapacidad de resolver conflictos políticos desde abajo (en la sociedad) a través del disenso dentro de las instituciones. Siguiendo esta idea, la reacción “neo-nacionalista” parece ser una forma inmadura e irracional, o anti-institucional, de una parte de la sociedad sudamericana de cerrar el ciclo político pro-mercado que caracterizó a los noventa: las reformas económicas fueron elegidas y votadas en Sudamérica, no en Estados Unidos, y son un fenómeno genuino, legítimo e interno de la historia sudamericana.
    2. Izquierda – derecha: Conviene ser cuidadoso sobre el significado de izquierda y derecha en la Sudamérica contemporánea. Desde el análisis político, hablar de izquierda y derecha es un concepto útil: el centro es siempre el punto medio (en la Unión Soviética, Brezhnev era “centrista”). Pero no nos sirve para comparar países. Desde el análisis económico, es un concepto cada vez más confuso y limitado a los países centrales: izquierda significa mayor gasto público para financiar la seguridad social (y favorecer a los sectores más desprotegidos), y derecha más reducción del estado para elevar la propiedad privada (y favorecer a los empresarios más poderosos). Este concepto socio-económico de la izquierda y la derecha mostró siempre limitaciones y polémicas a la hora de clasificar a los movimientos políticos nacionales (como el peronismo o el fascismo) y particularmente en la historia política sudamericana. Por su parte, Rothbard proponía recuperar los conceptos de izquierda y derecha del siglo XVIII: la derecha como la defensa de los poderes corporativos del Estado absolutista y feudal, y la izquierda como el ataque de esos poderes en defensa de la libertad de los ciudadanos (Rothbard hubiera dicho que Chávez y Castro son los líderes de la derecha en sus respectivos países).
    3. Riesgos: En política es imperativo distinguir entre el discurso y la acción. Particularmente cuando hablamos de nacionalismo. Por un lado, a diferencia de otros períodos nacionalistas de la historia latinoamericana, en los tiempos que corren la confrontación con los centros de poder mundial y el cierre de las economías nacionales no parecen opciones sencillas; por el otro, hay que recordar que esas lógicas y racionalidades que impone el mundo sólo tienen sentido cuando los países son conducidos por democracias modernas con instituciones fuertes. Chávez, por ejemplo, llegó al poder con un discurso de alto tono nacionalista y estatista, aunque las innovaciones de su gobierno en ese sentido no han sido tantas, más allá de un mayor intervencionismo en la fijación de precios agrícolas y los salarios. En todo caso, el nacionalismo chavista ha funcionado como un instrumento de “relegitimación” del estatismo venezolano, tal vez el más fuerte de la región con excepción de Cuba por el control de la economía del petróleo. Pero lo que sí ha hecho el chavismo en Venezuela, es reforzar los poderes discrecionales del Estado para eventualmente intervenir en todos los aspectos de la vida económica a través de las secciones 3.7 y 6 de su Constitución Bolivariana. Los riesgos de este nuevo nacionalismo no parecen ser los del viejo nacionalismo: expropiaciones, nacionalizaciones de bancos y empresas, y carreras armamentismas. Más bien, parecen ser el del gasto público irresponsable para financiar el populismo, y el incremento de los riesgos políticos sobre los contratos y la propiedad, destruyendo la institucionalidad.
    4. Oportunidades: Hemos visto que este giro anti-mercado ha beneficiado tanto a nuevos liderazgos caudillistas y nacionalistas, como el de Chávez, y a antiguos movimientos laboristas como el PT o el Frente Amplio. Ambas corrientes tienen puntos en común y también importantes diferencias. La oportunidad para América del Sur sería que estas diferencias se profundicen en el curso de los próximos años, profundizando el institucionalismo y minimizando los componentes populistas de la izquierda. Lula, en ese sentido, tiene en sus manos una gran responsabilidad. No sólo impediríamos que el efecto contagio de un nuevo nacionalismo irracional se extienda, condenando a la región a otro ostracismo, sino que avanzaríamos hacia que el respeto de las instituciones, los principios básicos de la economía de mercado y la política exterior en función del interés nacional del crecimiento económico se conviertan en políticas de Estado continentales.
 
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